Las luces y sombras de Carlos Ominami

Hasta hace tres meses, el ex-PS estaba retirado de la política activa. Fue ahí cuando decidió presentarse como candidato a la Convención Constitucional. Lo hace sabiendo que algo de su pasado —aportes de Soquimich a su campaña senatorial— son parte de lo que la gente rechazó en el estallido de la crisis social. “La solución es simple, que no voten por mí”, dice mientras repasa pasajes inéditos de su vida, como su depresión y su separación de Manuela Gumucio. También asume el costo de haberle puesto “una granada” a la Concertación con su manifiesto de los autoflagelantes. Hoy dice: “Se me pasó la mano”.

– Yo tengo una agenda pequeña desde hace treinta años, y la gracia es que se cambian los trimestres, y así funcioné toda mi vida. Pero de repente pasó que ya no llenaba con anotaciones y reuniones todas las hojas del trimestre, y tuve que empezar a comprar la que tenía un año y que era igual, porque había días en que no escribía nada.

Carlos Ominami dice que hoy ya no le pasa eso. Que tras el estallido, y especialmente desde hace tres meses, cuando decidió postularse como candidato a la Convención Constitucional sus días volvieron a estar llenos de reuniones.

—Siempre me decía, cuando estaba repleto de compromisos y era senador, “qué ganas de tener tiempo libre”. Después me di cuenta de que no me gustó el tiempo libre, para serte franco (…). Hace algunos años, dije: “Parece que efectivamente a mí me jubilaron”. Es fuerte cuando dices: “¿Qué hago hoy?”.

 

 —¿Esa es una de las razones por las que vuelve?

—Quizá me da energía. Pero acá estoy por una razón más de fondo: es un combate de toda la vida darle a Chile una nueva Constitución.

 

—Ahora que va de candidato a la Convención y habiendo enfrentado un proceso por platas políticas con Soquimich, el tema del dinero de las campañas, ¿le preocupa especialmente?

—¡Le tengo pánico!

Carlos Ominami, 70 años, ex-MIR, ministro de Economía de Patricio Aylwin, dos veces senador, sentado en el living de su departamento del último piso en la comuna de Providencia, no sonríe al responder. Solo se apura en explicar cómo, ahora, pretende bloquear toda posibilidad de error a la hora de abordar sus gastos de campaña.

—Tengo ahorros y esos son los que gastaré.

 

—¿No le va a pedir un peso a nadie?

—No. Hoy los convencionales pueden tener un gasto de campaña igual al que se fijó en la última elección de diputados. En el caso del distrito 6, de Valparaíso, donde él compite, esos son $355 millones.

 

—¿Qué independiente puede competir con alguien que gaste esa cantidad de dinero?

—Nadie, por eso estoy tratando de que en mi distrito hagamos un trato entre los candidatos y acordemos que no sean más de $80 millones como máximo.

 

—$80 millones también es mucho para un independiente.

—Evidentemente. Aunque yo no gastaré $80 millones. El máximo de aporte personal para una campaña es 10 por ciento del máximo, que en este caso son $35 millones.

 

—Insisto, ¿por qué va a gastar ese dinero de su patrimonio?

—Porque una nueva Constitución lo merece.

 

—Alguien podría pensar que una persona que puede poner $35 millones está comprando su entrada para participar en la nueva Constitución, porque los independientes no tienen ese dinero.

—Estoy de acuerdo. Yo propuse en 2017 que todos los candidatos a primarias de la Nueva Mayoría hicieran un acuerdo para promover una asamblea constituyente, donde 50 por ciento fueran parlamentarios y el otro 50 por ciento fuera elegido por sorteo. Esto, para que a la señora Juanita le pudiera caer esta responsabilidad y no tuviéramos que pasar por una situación como la de ahora. Pero no pasó. Me habría gustado eso (…). Me temo que este cuento de que los dirigentes sociales van a ser parte de la asamblea constituyente es pura música, es mentira.

 

—¿Por qué?

—Porque los distritos son gigantescos, y un dirigente social que puede ser muy apreciado en su población o en su comuna no tiene ninguna posibilidad de darse a conocer en el resto del distrito. Imagínate, yo tengo 26 comunas. Puede haber dirigentes espectaculares de una localidad de San Felipe y no van a sacar un pinche voto en las otras 20 y tantas comunas (…). Esto le podría dar un manto de ilegitimidad a la Convención que sería muy peligroso. Hay que ver cómo se puede arreglar.

 

En junio de 1974, nueve meses después del golpe, Carlos Ominami llegó a Bélgica. Había estado seis meses asilado en la embajada de ese país en Santiago. Fue de los últimos grupos que permitieron salir de Chile. A las semanas aterrizó en Francia, donde viviría por casi una década. Ahí conoció a Manuela Gumucio, su pareja por más de veinte años.

—La conocí cuando llegué en un acto por Chile en octubre del 74, habían matado a Miguel Enríquez, el padre de Marco, entonces ahí hubo muchas actividades. Pololeamos en plena insurrección en Portugal. Fuimos juntos a la escuela de cuadros del MIR, ahí nos juntamos. Era un romance que iba a durar bien poco, porque yo había aceptado irme a Buenos Aires, con Edgardo Enríquez, hermano de Miguel, a rearmar el MIR. Finalmente no fui, porque en Argentina las cosas se pusieron feas.

La pareja no tuvo hijos.

—Tratamos, pero no pudimos. Yo podía, lo sé fehacientemente, pero no se dio. Y opté por no tenerlos. Y, ¿sabes qué?, yo siempre digo que en materia de paternidad, con el Marco me basta y me sobra, estoy listo —y lanza una carcajada.

Fueron, dice, sus mejores años en términos de pareja:

—Ahí hice mis primeras pruebas de un feminismo práctico. Yo me fui del MIR, porque comencé un proceso de reflexión que me llevó a eso, pero la Manuela no. Ella tenía cierta carga simbólica y siguió, y pasaba que, por ejemplo, ella tenía que ir a Canadá o Suecia, y yo me quedaba con Marco limpiándole el poto. Era yo el segundo.

En 1984 lo autorizaron a volver a Chile. Llegó solo.

—Estábamos separados con la Manuela.

Su relación, cuenta, estuvo marcada por un constante ir y venir.

 

—En un artículo de prensa se decía que ustedes fueron la pareja ícono de la transición.

—No, esa es una exageración. Yo tengo una buena valoración de lo que fuimos, hicimos cosas muy buenas y resistimos, vivimos los años de plomo juntos, tuvimos nuestro auge, y hay muchas cosas bonitas ahí, pero no por bonitas las cosas no terminan. Llevamos ocho años separados.

Hoy tiene otra relación, pero se excusa y dice que prefiere dejar el tema hasta aquí.

Cuando llegó a Francia, Carlos Ominami se instaló laboralmente de inmediato y muy bien. En paralelo, inició una transición que, después, lo ubicaría en el ala del socialismo renovado.

Con Ricardo Lagos se conocieron a fines de los 70. Y cuando regresó a Chile, en 1984, ya los unía una gran amistad.

—Yo venía con mi marraqueta, que era mi trabajo y con un convenio con la Cepal; entonces, no le vine a quitar el trabajo a nadie. Pero la gente acá resentía que nosotros éramos doctores de Estado, teníamos carrera y ellos se habían sacado la mierda en Chile.

 

—En esa época ya se hablaba de la whizquierda para referirse a los que se habían renovado y abrazado la buena vida.

—Yo hago una distinción que es bien fundamental, entre renovar y renegar (…). Hay socialistas renegados, yo no soy de esos.

 

—Fue ministro de Economía de Aylwin y nunca se le vio incómodo.

—No, nada de incómodo, porque me había preparado para eso durante años y tenía ideas sobre cómo se debían hacer las cosas. Yo le dije a Aylwin: “Presidente, me van a sacar mucho mi pasado mirista”, pero al final los empresarios me decían Ohmymoney.

 

—Los empresarios lo amaban.

—Me amaban, porque descubrieron que yo no era un energúmeno del MIR.

 

—¿Cuándo abrazó el libre mercado?

—En 1977 escribí un par de artículos que generaron mucho debate dentro de la izquierda chilena. Era una crítica a la política económica de la UP, diciendo que había sido un desastre. Que estaba muy mal planteada. Y escribí después, junto con dos economistas, un texto que fue base para una visión renovada socialista de la economía, y que era la idea de recuperar el mercado.

Del gobierno de Aylwin salió a los dos años para trabajar en la campaña de Ricardo Lagos. De esa época es la famosa imagen de Ominami llorando porque Lagos había perdido la primaria con Eduardo Frei.

Fueron años en que estuvo en la primerísima primera línea política.

Pero en 1998 hubo un quiebre. Ese año escribió un documento que fue conocido como el manifiesto de los autoflagelantes, firmado por muchos personeros de la Concertación. El año anterior, en la elección parlamentaria, el conglomerado había perdido un millón de votos.

 

—Hizo ese manifiesto, pero fue extraño, porque parecía que todo iba tan bien en la Concertación.

—Te cuento algo que pasó en esa época y que da cuenta de que en algunos momentos se discutió sobre eso: el caso de las privatizaciones en dictadura. En esa época fui, como ministro de Economía, a la Cámara de Diputados y presenté un informe en el que decía que había tres privatizaciones que debían ser objeto de investigación judicial: Soquimich, CAP e Inacap.

 

—Y no pasó nada.

—No, nada.

 

—¿Y cómo se explica eso?

—Yo bajé el moño en muchas cosas, muchos lo hicimos, y no estuvo bien.

 

—Hoy, a los 70 años, ¿qué le diría a ese Carlos Ominami que tenía 41 años?

—Le diría: “Dale una cuarta o quinta vuelta a las cosas, y trata de imaginar cómo se va a leer lo que estás haciendo ahora en diez o veinte años más”.

 

—¿Qué opina de que hoy Ricardo Lagos sea duramente criticado por las nuevas generaciones?

—A mí me da pena. Lagos se preparó para ser presidente de Chile 50 años, entonces, que termine siendo blanco de críticas, muchas veces ha sido súper injusto.

 

—¿Hay alguna crítica que le hacen que sea justa?

—Sí, hay una parte que es justa. Yo creo que él tendría que haber sido el presidente del nuevo Chile, pero más que el primer presidente socialista después de Allende; se sintió mucho más cómodo, por razones que son comprensibles, siendo la continuidad de Aylwin y Frei.

 

—¿Por qué se sentía más cómodo con eso?

—Porque a Allende lo habían sacado con los pies por delante. Es algo que tiene que ver con los dramas de este país y que Lagos los conoce bien. Él tenía una responsabilidad frente a la historia y frente al país de no correr ningún riesgo de desestabilizar la democracia en Chile.

 

—Todos tenían ese miedo.

—Claro, y es una cuestión que nos cuesta mucho transmitirles a los cabros. Yo les digo: “Por suerte que ustedes no tienen ese miedo, pero no se hagan los pendejos de no darse cuenta. Por suerte, ustedes no han pasado las cosas que pasamos nosotros. Yo tengo amigos desaparecidos, ustedes no conocen esa historia. Las peleas nuestras no eran por el pase escolar. Entonces, corten la chacota”.

 

—Muchos de sus compañeros de coalición lo culpan de haber terminado con la Concertación.

—No tengo esa responsabilidad, pero sí en algo que es bien parecido, que es en la polarización de la discusión. Exacerbamos las críticas y no fuimos capaces de defender lo que habíamos hecho. En eso asumo responsabilidad.

 

En un libro escrito por Ominami en 2011, en pleno auge de las protestas de los pingüinos, escribió: “La protesta no es solo contra el gobierno de Sebastián Piñera, es una manifestación en contra de un sistema que condujo a la ruina a la educación pública, endeudó de forma usurera a las familias, se despreocupó del medio ambiente (…). En esto, la responsabilidad de los últimos gobiernos de la Concertación es demasiado evidente como para intentar negarlo. El progresismo no tiene la más mínima posibilidad de recomposición refugiado en una defensa patética de lo logrado”.

—Se me pasó la mano, se me pasó la mano —dice al recordar esos escritos.

 

—¿Usted fue la “granada” interna?

—No me acordaba que había escrito esto así, tan brutal. Encuentro que es un análisis desequilibrado, que no daba cuenta de todas las cosas importantes que habíamos hecho.

 

—¿Hoy lo haría distinto?

—Sí, lo haría distinto.

 

En 2007 y 2008 Carlos Ominami fue vicepresidente del Senado y asumía mucho la presidencia, cada vez que a Eduardo Frei Ruiz-Tagle, entonces presidente de la Cámara Alta, le tocaba viajar. Supuestamente, era una época muy buena, pero él no la vivía así.

—En esa situación, cuando deberían haber sido momentos de gloria, yo no lo sentía así. Lo que sentía era un vacío, por eso decidí pedir ayuda.

Fue así como Ominami comenzó una terapia que duró cerca de cuatro años.

—Conozco tremendos personajes que han tenido este problema. Uno que es famoso, Churchill, le llamaba el “perro negro”. Él decía: “Ya va a venir el perro negro”, y eso es cuando se caía a la cama y no se podía levantar.

 

—¿Depresiones o cambios de estado de ánimo?

—Sí… Yo era muy crítico de todos los psicólogos, psicoanalistas y psiquiatras, para serte franco. Siempre pensé que las terapias eran para los débiles, lo que es una estupidez completa. Entonces, como lo necesitaba y me pareció intelectualmente interesante, me hice una especie entre terapia y psicoanálisis. Hoy encuentro que es súper importante conocerse a sí mismo y tener conciencia de las debilidades que uno tiene. También fue un acto de humildad, de modestia, porque yo era bien autosuficiente, y a partir de un momento me di cuenta de que no era completamente autosuficiente. Y ahí decidí conversar y pedir ayuda.

 

—¿Qué descubrió en esa terapia?

—Descubrí mis vulnerabilidades. Descubrí que tengo una tendencia al negacionismo, tiendo a no ver lo que no me conviene, o lo que me hace daño (…). Y me sirvió para reconciliar mis dos lados también. Tengo un lado duro, del que no soy tan consciente. Me llama la atención cuando la gente habla sobre mí y digo: “Yo no soy ese personaje”, sobre todo cuando dicen que soy pesado, prepotente. Y no soy así. Pero doy una imagen dura. A su vez, también tengo el cuento de lloriquear.

 

—Vivir esto en el entorno de la política es más duro, ¿o no?

—Es duro, porque en la política uno es uno y la gente que lo rodea. La gente te está mirando; entonces, es difícil cuando estás en el túnel y no ves la luz de la salida. Al final, eso te compromete no solamente a ti, sino a la gente que está contigo. En política, eso es bien jodido.

 

—¿Tiene miedo de que vuelva el “perro negro”?

—Siempre ando con la preocupación, el “perro negro” es un tema. Uno tiene que estar permanentemente evaluando.

 

Carlos Ominami renunció al Partido Socialista en 2009, tras 25 años de militancia, por varias razones. La más importante, dice, tuvo que ver con su hijo, Marco Enríquez-Ominami, y sus aspiraciones presidenciales.

—En 2009 yo era miembro de la mesa del Partido Socialista, y de la noche a la mañana, sin convocarme a una reunión, cambiaron las reglas de elección de los candidatos a la presidencia del PS y de la Concertación. Lo que teníamos convenido era una primaria multicandidatos, donde cada partido podía proponer varios candidatos a condición de que lograran un cierto número de firmas de concejales o parlamentarios. Cuando Marco las tuvo, ese mismo día, se reunieron Camilo Escalona con Juan Carlos Latorre y Pepe Auth, y en la noche cambiaron las reglas. Me pareció una falta de ética mayor.

 

“La deslealtad en este caso era particularmente fuerte, además yo estaba comprometido, porque era parte de la mesa del PS y me pasaron a llevar (…). Si no hubiera estado Marco, a lo mejor no hubiera roto. El cambio de las reglas del juego me habría parecido menos grave si no hubiera estado involucrado tan directamente”.

 

—Entonces, ¿las aspiraciones de ME-O le trajeron costos a su carrera política?

—Eso es siempre así, los hijos tienen que hacerse espacios pasando a llevar un poco a los padres.

 

Después de haber pasado períodos de alejamiento político, hoy Carlos Ominami y su hijo están juntos en el pacto para los candidatos a la Convención Constitucional.

—Marco estaba en un pacto con los PC, y rompió con ellos. Hoy somos parte del mismo pacto.

Sobre su vida en solitario, dice:

—Hoy soy técnicamente independiente, pero yo no me creo nada por eso. Hay gente que piensa que la condición de independiente es superior a la de militante. A mí me parece que la condición superior es la de militante, la persona que es capaz de establecer voluntariamente un compromiso, y someterse a una disciplina.

 

—¿Hace una autocrítica por no haberlo logrado?

—He vivido estos diez años de independencia como un problema, porque me gustaría ser parte de un colectivo. Ahora, de alguna forma lo he sido, porque me mantuve en el espacio: fui muy activo y aposté con la Fundación Chile 21. No es un partido político, pero son organizaciones parapolíticas, con mucha vinculación con los partidos.

En 2016, Carlos Ominami fue sobreseído en la investigación por las platas políticas de SQM, cuando en el año 2009 buscó dinero para financiar su campaña política como independiente al Senado. SQM le entrego 178 millones de pesos.

—Fui de una cierta ingenuidad en este caso, porque partí reconociendo desde el primer momento, entonces me autoinculpé, pero dije: “Yo no me he robado ningún peso” (…). Yo no he condicionado nunca mi voto respecto de apoyos. Y lo que siempre he dicho: cometí un error político grave, en unas condiciones que también hay que explicarlas, que tienen que ver con esto de límites de campaña. Pero no reconozco ni acepto el reproche moral. Si me van a hacer un reproche político, lo acepto. Y me he hecho la autocrítica correspondiente, y lo lamento.

 

—Al hacerse efectiva la prescripción, no fue declarado inocente.

—No salí inocente.

 

—¿Cómo se entiende una condena tan grande a la dictadura e ir a pedirle plata al yerno de Pinochet?

—Nunca he ido a pedirle plata a él. Funcionábamos en un sistema en donde, por estos límites en las platas de campaña completamente excesivos, uno podía ser desprolijo buscando que la derecha no te arrollara con el poder del dinero (…). Yo creo que lo mío fue una desprolijidad. Yo debería haber dicho: ¿Me van a apoyar? Perfecto, denme la garantía de que lo van a hacer a través de mecanismos legales. Pero ¿sabes cuál fue el problema? Que era evidente que en ese momento todo el mundo se saltaba la ley, y es una ley que se nos impuso. Nosotros dijimos que queríamos límites de gastos mucho más bajos y que las faltas a la ley se pudieran penar incluso con el escaño. A todas esas cosas la derecha se opuso.

 

—Una de las demandas que se escucharon en el estallido de 2019 tiene que ver con los líos de plata de los políticos, el tema de la corrupción. Usted tiene esta cuenta.

—La gente conoce mi trayectoria y yo no condicioné mi voto a nada. Por eso tomé la decisión de exponerme y estoy en esto. Si sintiera que soy un corrupto y estoy lleno de esqueletos en el clóset, no me habría metido en esto.

 

—¿No cree que puede ser un poco violento para algunos, después del estallido, que se presente como candidato constituyente?

—No, encuentro que el movimiento tiene que entender que en democracia todos tenemos derecho, y respecto de ese error en particular, he hecho mi autocrítica.

 

—¿Cree que a la gente le tiene que bastar con su autocrítica?

—No, a la gente le tiene que bastar con mi trayectoria. A los que quieran votar por mí. Por eso tomo el riesgo.

 

“Y al final, la solución es súper simple: que no voten por mí. Así es la democracia. Pero encuentro que nadie puede violentarse. Hay gente de extrema derecha, y yo prefiero que se sometan a un proceso electoral a que anden complotando por fuera. Entonces, es mi derecho, son mis riesgos, y lo que sí les he dicho: lo voy a hacer con la conciencia tranquila y con la frente en alto. Y el que me levante la voz, se va a encontrar conmigo”.